viernes, 6 de abril de 2012

WISLAWA SZYMBORSKA


Poeta, traductora de poesía y periodista, nació el 2 de julio de 1923 en Bnin, cerca de Poznan. Reside desde hace años en Cracovia. Despertó el profundo interés de los críticos y los lectores con su tercer libro de poemas. Llamada a Yeti (1957), cuya publicación coincidió con la aparición de otros representantes de la generación de 1956. A partir de este tiempo vieron luz otros libros de poemas de Szymborska: Gran número (1976), Gente en el puente (1986), Fin y principio (1993), En el puente (1992), De la muerte sin exagerar (1996), No sé qué gente (1997), título que dio a su discurso cuando recibió el Premio Nobel de Literatura.
La finura de la palabra poética de Szymborska pierde mucho en la traducción al español. Su lenguaje tiene una vibración emocional e intelectual muy particular, debido a una mezcla de observaciones muy concretas, tomadas frecuentemente del mundo de la biología, y de un tono lírico sobrio, siempre atenuado por la ironía. Cada poema parece una joya, perfecta e irrepetible, que la poeta elabora con la máxima discreción. Szymborska suele partir de un dicho, de un giro coloquial, de una pequeña observación práctica o de un reflejo de sus lecturas, defor-mándolo, arrojando sobre este dato una nueva luz, siempre teñida de humor lingüístico. Una grave meditación filosófica sobre la situación del hombre contemporáneo, expresada a través de la danza de una sirena muda de Christian Andersen. Porque amar a la poesía —después de la lección de Tadeuz Różewicz— implica renunciar a la belleza demasiado “alta” de una poesía confiada en sí misma. Para expresar sus inquietudes de ser pensante y comprometido, Szymborska ha preferido olvidar su voz de concertista. No obstante, algunos de sus poemas, gracias a la sencillez y a la elegancia innata de la forma, han sido divulgados como poesía cantada y tuvieron mucho éxito en Polonia, como es el caso de Nada dos veces.

BAJO UNA ESTRELLA


Perdona, azar, que te llame necesidad.

Perdón, necesidad, si al tenerte me equivoco.

Perdonen, difuntos, que apenas los recuerde.

Perdón, tiempo, por todo lo que se me escapa en un segundo.

Perdóname, viejo amor, que el nuevo me parezca el primero.

Perdónenme, guerras lejanas, por traer flores a casa.

Perdonen, heridas abiertas, que acabe de pincharme

el dedo.

Perdónenme los que claman desde el abismo por

escuchar ese disco de minueto.

Perdónenme, los que corren en las estaciones, por quedarme dormida al amanecer.

Perdón, esperanza azuzada, porque a veces estalle

de risa.

Disculpen, desiertos, por no ofrecerles ni una gota

de agua.

Y tú, halcón, idéntico desde siempre, enjaulado,

que miras fijamente el mismo punto,

perdóname, aunque seas un pájaro embalsamado.

Discúlpame, árbol cortado, por las cuatro patas

de la mesa.

Perdón, grandes preguntas, por darles respuestas

fútiles.

Verdad, no me hagas demasiado caso.

Trascendencia, muéstrate generosa.

Soporta tú, misterio del ser, que no haga más que

deshilvanar tu solemne velo.

No me condenes, alma, por tenerte tan rara vez.

Todo, perdóname si no estoy en todas partes.

Me disculpo frente a todo por mi incapacidad de ser

cada uno o cada una.

Sé que mientras vivo, nada me justifica,

pues yo mismo soy mi propio obstáculo.

Lenguaje, no me tomes a mal por servirme de tus

patéticas palabras

y luego empeñarme en que parezcan ligeras.

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