Cuando el insigne escritor ruso Fedor
Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba
prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y
cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en
carta a su lejana familia, sólo decía: «¡Enviadme libros, libros, muchos
libros para que mi alma no muera!».
Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no
pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para
subir la cumbre del espíritu y del corazón.
Porque la agonía física, biológica, natural, de un
cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del
alma insatisfecha dura toda la vida.
Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: «Cultura».
Cultura, porque sólo a través de ella se pueden
resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero
falto de luz.
Me parece que en este último párrafo se resumen nuestras mexicanas realidades.
Saludos.
CARLOS A. CARRILLO

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