Que no me ves a los ojos;
los tuyos son de sangre
y te avergüenzan.
También te avergüenza
tu cuerpo estrecho y frágil,
y las mil pastillas que llevas dentro.
Desesperadamente te aburres rascando
lo cárdeno que te cubre
como un sudario inagotable y
haz quedado horrorizada ante
tu seno abierto.
¿De tu cuerpo derruido
cuántas imágenes
has guardado en tu cuerpo?
Porque a mi me basta una imagen, la verdad.
Una sola, y la misma, la única honrada.
Podrías verme a los ojos;
luego entenderías.
Maurice Echeverría